Pozo de sabiduría | Contenido original

El ligero vaivén de la mecedora acrecienta la frescura de la brisa. Cada tarde, Manuel se sienta a la puerta de la casa. Permanece en silencio, observando, tratando de mantenerse aferrado a cualquier fragmento de realidad. En su mente se ha desdibujado el momento en que inició ese ritual vespertino.

Vagamente recuerda que fue un poco antes del accidente que le inhabilitó prácticamente todo el lado izquierdo. Sí está seguro que en aquel entonces aún vivía su hijo y que  su nieto apenas era un zagaletón. Al morir el hijo, Manuel quedó compartiendo casa con su nieto Vicente, de dieciocho años de edad.


El muchacho es buena gente, se encarga en las mañanas de atender el pequeño negocio familiar que les sirve de sustento, el resto del día se entrega mansamente al disfrute de internet. De vez en cuando Manuel experimenta ataques de nostalgia. Echa de menos el tiempo en que aún era un hombre útil, cuando atendía su negocio, cuando era la mano derecha de su hijo para el cuidado de Vicente, una vez que la madre del pequeño decidiera marcharse con rumbo indefinido.

Fueron tiempos difíciles para los tres hombres, en los que él aliviaba la situación llevando al nieto a la escuela, al campo de fútbol o a la academia de música. Ahora siente que su presencia es un fardo pesado sobre los hombros del nieto, puesto que depende de él para lo más elemental. Y aunque el muchacho nunca se queja, ni le hace ningún tipo de reproche, Manuel cree que fastidia y causa malestar.


Hasta ha considerado  no usar más la mecedora  para que Vicente no la traslade a la puerta de la casa. Siente que vale la pena renunciar a ese momento de placer, con tal de no importunar. El orgullo lo maltrata, le hiere profundamente el alma, no se resigna a su incapacidad…

Muy largos son los días para Manuel, con su poca movilidad apenas puede dar unos pasos por la casa, escucha un poco de radio y ve algo de TV. Sus mejores momentos son la hora del almuerzo, el final de la tarde en la mecedora y la hora de acostarse. En esas ocasiones, viejo y joven se enfrascan en largas conversaciones, que más bien terminan siendo monólogos, tratando de entender cada uno algo de la vida del otro.


Uno de los grandes enigmas de Manuel es la afición de su nieto por internet. No puede entender cómo es eso que el muchacho prefiere estar conectado, saltando de sitio en sitio, mirando alucinado, embobado, un despliegue infinito de imágenes, enfrascado eternamente en interminables sesiones de chats.

«Vicente -le dice el viejo- estás perdiendo la vida en ese ordenador, la vida está afuera, sal a patear la calle… Abuelo -responde el nieto- estamos en otro tiempo, esta es mi realidad, ¿qué voy a buscar afuera?» Manuel medita…calla…trata y trata de asimilar las respuestas.


Por mucho empeño que pone Manuel no puede imaginar la perspectiva de Vicente. Se resiste a ver al muchacho entregado totalmente a ese mundo  intangible, no desaprovecha cualquier momento para invitarlo a valorar la realidad.

En las tardes, antes de que el muchacho retire la mecedora, siempre le deja colgando alguna inquietud. «Vicente, hijo,  ¿Cómo puedes preferir las imágenes de esa pantalla a deleitarte con el olor de la lluvia? ¿Cómo es que no quieres sentir el calor de una piel, la intensidad de una mirada? ¿Cómo no abrir tus oídos al trinar de los pájaros, al canto de las chicharras?»


El muchacho lo mira con dulzura, se encoge de hombros, masculla cualquier esbozo de respuesta… «Está bien, abuelo… Está bien…» Todas las noches, mientras el muchacho lo viste para esperar el sueño, Manuel no para de hablar. Cuenta historias de sus años juveniles, cuando llegó del interior a conquistar la capital, cuando fue testigo de cómo la ciudad pasó de ser apenas un poblado a una gran urbe. Habla y habla el viejo, soltando anécdotas varias, de aquí, de allá, vivencias que resuenan en el fondo de su alma.

Mira al techo  hurgando en la memoria con tenacidad  de paleontólogo. Cuenta y cuenta… Quiere que el muchacho se impregne por generación espontánea de todo lo que ha vivido él. Vicente escucha…asiente sin mucha convicción. Con suaves movimientos termina de vestir al viejo, lo acuesta, le acerca un beso a la frente…Hasta mañana abuelo…Qué duermas bien…


En las culturas antiguas las personas mayores tenían un lugar privilegiado en la sociedad, los cuidaban con esmero y eran centro de todo tipo de atenciones. Se consideraban depositarios de una gran sabiduría. Su muerte representaba una gran tragedia, porque con cada anciano muerto se iba también una parte de la vida de la comunidad…


En nuestros días hemos perdido mucho de esa valoración por los mayores, de allí que Naciones Unidas (ONU) haya elegido cada 15 de junio como el Día Internacional Contra el Abuso y Maltrato hacia la Vejez. Ha querido el Organismo Internacional, con esta celebración, propiciar una toma de conciencia sobre el valor que tienen quienes nos han precedido. A fin de cuentas si no fuese por ellos ninguno de nosotros estaría aquí.


Escrito por: @irvinc

Edición e imágenes: @fermionico


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